Nuestra Pascua
- TG iglesia
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Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis. ÉXODO 12:14

Con mano poderosa, Dios rescató a Israel de su esclavitud en Egipto. Habían pasado alrededor de 430 años como esclavos y Dios había escuchado su clamor, por eso levantó a Moisés como el líder que los sacaría de Egipto para llevarlos a la tierra prometida, donde le adorarían libremente. El pueblo hebreo había sido testigo del juicio que Dios había mandado a la casa del faraón y a los suyos por su oposición. Las plagas comenzaron, pero el pueblo de Dios fue protegido y guiado por Él.
Antes de salir, Dios ordenó a Su pueblo para que sacrificaran a un cordero sin defecto y que su sangre fuera colocada en cada poste y dintel de las puertas de las casas, como señal de protección de Dios a Su pueblo. Esa noche comerían el cordero asado, con panes sin levadura y con hierbas amargas, de una manera apresurada y estando listos para dejar la esclavitud de Egipto en cualquier momento. Este acto realizado por el pueblo de Dios fue llamado la «Pascua», una muestra de la misericordia de Dios en medio de Su juicio.
La Pascua practicada por el pueblo hebreo, simbolizaba a un acto mayor que vendría en el futuro, la llegada de un cordero perfecto, el Hijo de Dios encarnado, encargado de ser el sacrificio y el medio de protección y salvación provista por Dios para Su pueblo, un pueblo que ahora sería compuesto de toda lengua, tribu y nación.
La sangre del cordero de Dios, Jesucristo no solo nos protege una vez al año como pasaba con el pueblo hebreo, sino que nos limpia de todo pecado y asegura llevarnos a nuestra futura tierra prometida, el cielo.
Este mundo se encuentra en medio del juicio de Dios, pero se acerca el día de nuestra liberación, cuando Cristo regrese y complete la redención de Su pueblo.
¿Estás preparado para ese día? Hoy puedes responder en fe tomando el único medio provisto para tu salvación, la sangre del cordero de Dios, Cristo el Señor.
Gracias, Señor, por tu sangre y por salvarnos de una vez y para siempre. Amén.




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