¿Dónde están los niños?
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. EFESIOS 2:8

Emilio era el director de una empresa en un pueblo pequeño. Estaba en sus treintas y tenía dos niños pequeños, quienes comenzaban a acostumbrarse a la idea de que su padre estaría ocupado. Ellos eran como la mayoría de los niños pequeños a su edad: energéticos, aventureros y un poco desafiantes. Aun así, eran buenos niños. Eran, como su madre lo dice, solo niños.
Para poder tener un poco de control sobre su energía durante la semana, Emilio llegaba a acuerdos con sus niños cada vez que salían de la casa. Los viernes, si tenían buenos reportes de sus maestros, iban por un helado. Los domingos, si se portaban bien en la iglesia, los dejaba escoger una película durante su tiempo de descanso. Los miércoles en la noche, si participaban, podían tomar una soda de camino a casa. Emilio era aficionado a los acuerdos y, siempre y cuando sus niños siguieran las reglas, él mantenía su parte del acuerdo.
El martes era un día especial, la familia iba a la tienda juntos. Para la esposa de Emilio, se había convertido en un ejemplo de ansiedad en acción. En cambio, a Emilio le agradaba el reto de inventar un nuevo acuerdo cada semana para mantener el interés de los niños y a la vez poder actuar con sentido común al estar en la tienda. El acuerdo este día era un poco diferente. Los niños se esconderían y el papá debía encontrarlos en un tiempo específico. Pero, cuando llegó el momento de volver a casa, la esposa de Emilio preguntó: «¿Dónde están los niños?». El rostro de Emilio cambió por completo; sabía que él era el culpable en esta situación, en medio de las compras, se había olvidado de sus hijos.
Regresaron, caminó por la tienda y finalmente escuchó a sus hijos; pero, en lugar de escuchar risas y travesuras, escuchó a sus hijos llorando. Aunque sabían que su padre los encontraría, estaban tristes porque sabían que perderían la recompensa y que su castigo por su comportamiento previo continuaría. Al escuchar esto, Emilio encontró a sus hijos, los abrazó fuertemente y se fueron a casa. La culpa que esto genero en Emilio, fue aplastante y dificil de superar.
Cuando observamos nuestros errores o pasado, es fácil pensar cómo nos impedirá seguir adelante. Nuestros errores del pasado nos hacen sentir que ya no tenemos futuro, pero así no trabaja Dios. En Jesucristo, Dios ha castigado nuestro pasado y nuestras malas decisiones.
Su palabra nos recuerda "Yo, sí, sólo yo soy quien borra sus pecados por amor a mí mismo y nunca más los recordaré." Isaias 43:25
Como Sus hijos, ahora Él nos acepta y nos ama a pesar de nuestros errores. Ese es el tipo de amor que Dios da.
PADRE, GRACIAS POR AMARME A PESAR DE MI PASADO. HAY MUCHAS COSAS QUE HE HECHO MAL Y, AUN ASÍ, TÚ ESCOGES AMARME. RECUÉRDAME CADA DÍA DE ESTE AMOR Y PERMÍTEME CONOCERTE MÁS Y MÁS CADA DÍA. AMÉN.




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